El acontecimiento de una verdadera vida: la filosofía de François Jullien y el recurso cristiano

 

David Solís-Nova[1]

 

Resumen: El pensamiento de François Jullien ha realizado valiosos aportes a la filosofía contemporánea, principalmente, nutriendo la interpretación de algunas temáticas clásicas desde la originalidad de la milenaria sabiduría china. Este enfoque ha revelado aspectos que la filosofía occidental, con su metafísica centrada en el ser, ha pasado por alto. Entre estos aspectos, Jullien ha llamado la atención sobre cómo han quedado impensados, al menos para la filosofía, una serie de recursos de lo se podría llamar ‘pensamiento cristiano’. La pregunta central de esta investigación es si esta lógica cristiana representa un recurso más, entre varios, que Jullien ha explotado en su trabajo intelectual o si, además, constituye una de las fuentes fundamentales de su propia obra y el comienzo de posibles des-coincidencias con la filosofía del ser. Las conclusiones indican una presencia notable e indispensable de estas nociones cristianas en su propuesta argumental, aunque sin pasar por la fe. Este estudio comenzará revisando las principales tesis del filósofo francés y, al mismo tiempo, describirá cómo él mismo las ha ido poniendo en relación y discusión con la doctrina cristiana.

 

Palabras clave: Jullien. Cristianismo. Recurso. Encuentro. Acontecimiento.

 

Introducción

François Jullien (Embrun, 1951) ha generado fecundas discusiones en la filosofía contemporánea gracias a la inclusión que ha realizado de interrogantes nuevas, principalmente, influenciadas por su amplio conocimiento de la milenaria tradición de pensadores chinos. Inicialmente, Jullien se especializó en filosofía antigua, pero ha potenciado la discusión actual, evidenciando los frutos que puede reportar leer a Platón, y a toda la historia de las ideas por consiguiente, desde la lengua y la sabiduría china. Sin embargo, poco se ha mencionado la influencia que la lectura de textos cristianos ha tenido en la obra del filósofo y sinólogo francés. Jullien (2018c) no sólo ha dedicado un libro a explorar el ‘recurso’ cristiano, sino que es una constante en sus últimos trabajos la comparación y utilización de nociones y experiencias cristianas para refrendar algunas de sus propuestas filosóficas más importantes y distintivas (2008; 2009; 2012; 2013a; 2017b; 2017c; 2018a; 2020).

En este sentido, la cuestión que guía esta indagación es si es posible entender la filosofía de Jullien no sólo como el fruto de la tensión y mutua nutrición entre la filosofía occidental y la sabiduría china, sino, también, como una exploración en el pensamiento cristiano, principalmente, a partir de la lectura que el filósofo ha hecho sobre los evangelios. La hipótesis de trabajo es que, si bien no tienen tanta presencia en su obra como los textos de la sabiduría del lejano Oriente -textos y sabiduría en los que no podríamos profundizar en este estudio- , algunas nociones cristianas tienen una gran influencia en su doctrina hasta el punto de que se podrían buscar similitudes entre los textos evangélicos y la mayoría de las propuestas más originales y personales, principalmente, de sus últimos trabajos: des-coincidencia, nueva vida, verdad subjetivada, acontecimiento, intimidad, encuentro, etc. La importancia de un estudio como este radica en mostrar la experiencia enriquecedora que la filosofía puede hacer al considerar, para sus cuestiones más urgentes y actuales, los elementos aún inexplorados de una de sus herencias culturales fundamentales, sin necesidad de asumirse como una filosofía cristiana propiamente tal.

Para poder evidenciar la hipótesis de trabajo y responder la pregunta de investigación, seguiremos el siguiente itinerario de exposición: en primer lugar, analizaremos el concepto de des-coincidencia en la filosofía de Jullien y la importancia que encierra para el autor en relación a encontrar una posible alternativa a la filosofía del ser y, sobre todo, para pensar finalmente la existencia. En segundo lugar, se revisará la gran potencia des-coincidente que posee el encuentro con otro, en la medida en que es capaz de des-instalar una existencia fijada y clausurada en virtud de su novedad inasimilable. Por último, se profundizará en el acontecimiento de una nueva vida, fruto, precisamente, de la des-coincidencia traída por el encuentro. En cada uno estos apartados se revisará la presencia e influencia que el recurso cristiano y el pensamiento de la fe han tenido en la elaboración de estas nociones en la filosofía de Jullien.

Si bien se ha trabajado con la metodología de análisis bibliográfico documental, el mismo seguimiento de los argumentos de Jullien implican necesariamente un gran trabajo de des-coincidencia con presupuestos filosóficos iniciales. Por lo mismo, una investigación sobre su filosofía no podría prescindir de la des-coincidencia en cuanto contenido conceptual, pero tampoco en cuanto método de pensamiento. No se puede comprender la des-coincidencia sin des-coincidir, de alguna manera, con ciertas identidades de pensamiento dadas por descontadas. En nuestro caso, para seguir la dinámica y la novedad del pensamiento de Jullien, es inevitable una labor atenta para intentar no permanecer anclado en el ser coincidente de la filosofía occidental, respecto del cual la propuesta del francés intenta ser una vía alternativa.

 

1 Premisa: Los recursos del cristianismo

Jullien (2016a, p. 45-46) considera que ha sido un gran error que las culturas se hayan pensado a sí mismas en términos de una identidad estática, en la medida en que esto las condena al inmovilismo y a la incapacidad de acontecer con nuevas posibilidades. Por esta razón, el filósofo (2016a, p. 41) prefiere hablar de ‘recursos’ de pensamiento en cada cultura, en la medida en que los recursos no se atesoran o conservan simplemente, como las ‘riquezas’, sino que, para que merezcan su nombre, deben ser trabajados, hechos fructificar, invertidos para ser multiplicados.

¿No se hablaría naturalmente de las ‘riquezas’ espirituales del Evangelio como de bienes preciosos que se trataría de mantener y enriquecer? Pero uno se duerme sobre sus riquezas. O a lo sumo se preocupa de su transmisión […] Los recursos, por su parte, hacen pensar que no valen sino tanto como cada uno -como cada generación- hace esfuerzos a su vez para activarlos (Jullien, 2021a, p. 28).

 

El filósofo prefiere también el término ‘recurso’ al de ‘raíces’, en la medida en que estas últimas inducen a pensar en una ‘naturalización’ o en una esencia ya fijada desde la cual no es posible moverse. Por ejemplo, cuando se suele hablar de ‘raíces cristianas de Europa’. Jullien diría, más bien, que lo que hay son ‘recursos cristianos’ que se deberían seguir elaborando a riesgo de su atrofia y desaparición. Además, ¿no fue el cristianismo un movimiento de desarraigo y ‘des-enraízamiento’ de la marca étnica del judaísmo? (Jullien, 2018c, p. 30). De la misma manera como en la actualidad hay gran preocupación por los recursos naturales del planeta, debería existir también preocupación para que los recursos culturales no desaparezcan.

Pese a que nos encontramos en sociedades cada vez más laicas, y pese a que él mismo desea realizar su labor ‘sin pasar por la fe’, el filósofo comprende que el cristianismo ha dejado por herencia unos ‘talentos’ que merecen seguir siendo multiplicados. Después de su predominio social, pasando por la época de ataques y críticas, pareciera que hoy el cristianismo ocupa un lugar más dentro de las múltiples creencias que permanecen en la esfera privada. Sin embargo, seguir ‘escamoteando’ la importancia de la herencia cristiana en la cultura es dejar pasar una posibilidad de comprender mejor nuestro presente y las posibilidades abiertas -de vida y de pensamiento- para las futuras generaciones (Jullien, 2018c, p. 8-9). Este escamoteo, según Jullien (2021a, p. 14), se puede observar incluso entre quienes deberían ser los principales labradores de esta herencia: “Me pregunto si no encontraríamos hoy semejante escamoteo aun dentro de la Iglesia, más cómoda con el ecologismo o lo humanitario que con este interrogante que no veo exponer: ¿Qué hizo en el pensamiento el cristianismo?”. Por esta razón, Jullien (2021a, p. 21) considera de la máxima importancia la siguiente cuestión: “El cristianismo, quedándonos en una perspectiva estrictamente humana, ¿No le abrió al hombre nuevas posibilidades?”. Una parte importante de la obra y propuesta filosófica de Jullien surgirá, como veremos, de las nuevas posibilidades abiertas por el trabajo de producción y prospección del recurso cristiano.

 

2 En el principio era la des-coincidencia

Haber pensado el ser, en sus orígenes presocráticos, como una esfera completamente cerrada y perfecta es una señal del camino que seguiría la filosofía de ahí en adelante. Esta imagen de Parménides inaugura la comprensión del ser como aquello que es totalmente idéntico, inmutable y concluido. Platón también identificará el ser, en este caso las ideas, con aquello que es lo más inmóvil y eterno, que permanece como modelo perenne frente al mundo sensible y contingente del tiempo (Jullien, 2017a, p. 45). Aristóteles pensará el ser en términos de sustancia y esencia, lo que permite que incluso el devenir sea el camino desde un ser coincidente e idéntico a otro. No hay nada en la realidad que no sea asimilable a su sistema y que no sea definible por él (Jullien, 2018a, p. 131). En síntesis, para los griegos, según Jullien, el cosmos es bello y admirable porque es cerrado, concluido y no permite el ingreso de lo indefinido e infinito. En este sentido, una esfera perfecta y girando eternamente en su cauce establecido no podía ser sino la imagen perfecta del ser. Si alguna vez los griegos llegaron a devaluar el mundo sensible, no fue tanto por espíritu ascético, sino por un deseo de privilegiar aquello que se figuraba ante sus ojos como un modelo limitado y controlable: “atado con poderosas cadenas” (cf. Kirk & Raven, 1981, p. 377-388). Esta disposición de medir lo contingente en base a un modelo permanente e idéntico es lo que heredó Occidente y que le ha permitido, entre otras cosas, pensar el ser y la ciencia. Detrás de esta urgencia de definir y delimitar el ser en una noción coincidente habita, para los griegos y su herencia occidental, según el filósofo, una gran voluntad de dominio y control que llega hasta nuestros días.

En este punto, Jullien ve el gran problema de la tradición filosófica. Efectivamente, si hemos prolongado por tantos siglos esta comprensión del ser en cuanto definible, permanente, sistematizable e idéntico, hemos dejado de pensar nuestra existencia que es, por el contrario, temporal, contingente e imprevisible. Hasta hace poco tiempo, la existencia, en cuanto evento inaudito e imposible de sistematizar, no se planteaba como un problema en la filosofía[2] (cf. Heidegger, 2016; Deleuze, 1985; Badiou, 1999; Romano, 2012). Incluso, encontramos más preocupación por la existencia y sus hechos emergentes en el arte y la literatura que en la filosofía (Jullien, 2017b, p. 144). La existencia terminó siendo pensada como una esencia más, anestesiando su novedad y temporalidad: una esencia que “ya no emerge o ya no se descubre” (Jullien, 2017a, p. 21). Sin embargo, una existencia ‘esencializada’ es un mero simulacro de temporalidad, un pasado congelado e instalado que no emerge con novedad en el presente. Todas las veces en las que se ha afirmado que la existencia es una mera apariencia se debe a que, en el fondo, se vive una mera apariencia de existencia, una existencia domesticada por un sistema bien controlado de esencias (Jullien, 2020, p. 62; 2017a, p. 22).

Para entender qué es la existencia, Jullien va a recurrir a la misma etimología del término. Existir es ‘estar fuera’ (ex-sistere) de toda coincidencia e identidad satisfecha: “la existencia es aquello que se promueve fuera de la esencia, que desenclausura su determinación” (Jullien, 2018b, p. 59). Nuestra existencia es el proceso de promovernos fuera de cualquier esencia que quiera mantenernos en una identidad fija, instalada y atascada (Jullien, 2017b, p. 18-40; 2017a, p. 33). No se trata de rechazar toda la historia pasada, sino de no repetirla, lo que, finalmente, la anularía como historia (Jullien, 2017a, p. 95; 2017b, p. 41). La mejor forma de prolongar una historia es continuar con su carácter temporal actualizándola y reiniciándola con novedad en el presente. A este proceso de desadaptación o ‘ex–aptación’, el filósofo francés lo denomina ‘des-coincidencia’ (décoïncidence)[3]. Esta posibilidad de no ser esclavo para siempre de las coincidencias del pasado, esta oportunidad de salir de una esencia cómoda, incluso ‘dichosa’, pero limitante, ha permitido el surgimiento del ser humano y de su conciencia (Jullien, 2017b, p. 50; 2020, p. 120). La filosofía, en gran parte de su labor, ha traicionado la existencia en cuanto ha intentado pensar el sujeto fuera de la historia y lo ha deseado fijar en una condición humana permanente y consumada (su circunferencia bien cerrada), es decir, lo ha pensado como una cosa entre cosas y, además, fuera del tiempo, sin movimiento ni cambio (Jullien, 2018b, p. 248). No podríamos, por tanto, hacer una legítima filosofía sin considerar el carácter emergente y nunca del todo definible del presente del sujeto.

En este punto, encuentra similitudes con el pensamiento cristiano presente en los evangelios, sobre todo con el de san Juan, que lee detenidamente[4]. Por ejemplo, considera que el mismo Dios cristiano, uno y trino, precisamente porque no tiene una unidad monolítica, puede des-coincidir consigo mismo constantemente sin perder su unidad. Las relaciones intra-trinitarias entre Padre, Hijo y Espíritu Santo nunca deben darse por supuestas, siempre se reinician, se componen y co-instituyen en el presente (Jullien, 2017b, p. 48-49). El ser de Dios acontece permanentemente en el reinicio de estas relaciones entre las tres Personas divinas, lo que le hace vivir acrecentando su existencia. Dios mismo, podríamos decir, es des - coincidencia (Jullien, 2017b, p. 48). Esta premisa posibilita también crear y mantener con novedad su creación: “De lo contrario, se marchitaría en su esencia de Dios. Le hace falta justamente des-coincidir de sí mismo para promoverse como Dios […] Un Dios que coincidiera consigo mismo sería un Dios muerto” (Jullien, 2021a, p. 59) e impotente, agregaríamos. El mismo Dios vivo (Padre) des - coincide consigo mismo para morir en la cruz (Hijo) y, con esto, promover la vida eterna por medio de su Gracia y cooperación hasta el fin de los tiempos (Espíritu Santo). Está en medio de nosotros, pero su soberanía no es de este mundo: des-coincide porque en medio de la intimidad mantiene la distancia y no asimila al mundo (Jullien, 2018a, p. 200). El ser humano, en cuanto generado a imagen y semejanza de este Dios trinitario, es un sujeto que también vive gracias a esta des-coincidencia. Son innumerables las ocasiones en las cuales Cristo urge a sus discípulos a des-coincidir y des-adaptarse con un estado anterior cansado, satisfecho y pecaminoso. El pecado no es tanto la caída moral como la resignación derrotada a un estado de cosas inconmovible y la adhesión adiposa a un pasado demasiado instalado que no deja acontecer nada más: “Nadie que ha puesto su mano en el arado y mira a lo de atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9, 62; Jullien, 2012, p. 122; 2007, p. 41; 2018b, p. 119). Los mismos discípulos de Jesús deben des-coincidir con el encuentro que han tenido con Él para poder reiniciarlo y actualizarlo en el presente. Al hombre con el cual han compartido tanto tiempo todavía no pueden categorizarlo en un concepto simple: “¿Quién es este?” (Mc 2, 1-12; Lc 5, 17-26) ¿Elías? ¿Juan Bautista? ¿Un profeta? Él mismo Cristo lo ha dicho: “Me voy y vengo hacia ustedes” (Jn 14, 28) “os conviene que yo me vaya” (Jn 16, 7). Precisamente, porque no queda instalado en una mera idea para contemplar e idolatrar es que puede acontecer entre sus discípulos con inicios siempre nuevos (Jullien, 2017a, p. 49; 2018a, p. 201). Jullien considera que, en síntesis, este recurso a explotar en el cristianismo por parte de la filosofía es la posibilidad de evitar cualquier sumisión del pensamiento:

No solamente rompe con todo lo que se dijo en el pasado, quiebra la sempiterna reiteración de la palabra y desafía todo sometimiento del pensamiento; sino que, más aún, hace estallar las coherencias que parecían más cerradas, inclusive la más tenaz evidencia (que la muerte es muerte). Y puede arriesgarse hasta ese punto (Jullien, 2021a, p. 66).

 

3 El encuentro es el origen de la ex-sistencia

La metafísica del ser definido y coincidente tiene repercusiones no sólo en la historia de las ideas, sino también en la vida cotidiana. En este sentido, Jullien (2020, p. 121) considera que el encuentro (la rencontre) con otro es la gran instancia de des-coincidencia, en cuanto permite hacer ingresar una alteridad en una trayectoria vital satisfecha de su identidad esclerotizada. La irrupción de lo distinto por medio del otro promueve el des-montaje de las estructuras donde la vida anterior se había detenido y genera la existencia propiamente tal, la salida de cualquier tipo de esencia (Jullien, 2018a, p. 176-177). Jullien (2018a, p. 205) puede afirmar categóricamente: “Uno no existe sino en cuanto pueda encontrar”.

Por esta misma razón, el filósofo considera que en el encuentro no sólo se produce el movimiento de no coincidir con un estado y una experiencia anteriores, sino que es posible ir percibiendo más claramente la propia singularidad del individuo. Por lo mismo, traducirá también la etimología de ‘ex-sistencia’ como ‘vivir a partir de’, en este caso, a partir de otro que desordena mis hábitos para hacerlos avanzar y des-adaptarse de una historia naturalizada y sin novedad. El idioma permite el uso de la expresión: ‘somos íntimos’, lo que puede parecer extraño porque la intimidad generalmente se asocia a lo que es más privado e incluso oculto en cada individuo. Sin embargo, Jullien (2017a, p. 71) recalca que el uso de esa expresión tiene sentido en cuanto cada cual profundiza y madura mucho más su intimidad, es decir, lo propio de su historia y su proceso de existencia, cuando es ayudado por la novedad y poder des-coincidente del otro: “Es en el ‘entre’ de la presencia íntima donde se puede acceder efectivamente a la existencia”. En este sentido es que lee Jullien la frase de san Pablo en Gálatas: “no soy yo, sino Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). En lo más interior del sujeto lo encontrado es el otro (Jullien, 2017a, p. 47): “En lo más adentro de uno […] está el otro desde el momento en que, en el encuentro, sacudió en sus cimientos, en lo más hondo, por tanto, ese sí mismo” (Jullien, 2018a, p. 192).

El filósofo francés observa en el encuentro el origen mismo de la moral. Por su capacidad de des-enclaustramiento, por desbordar el yo, el encuentro deshace todo egocentrismo y hace pasar al sujeto de la coincidencia individual a la des-coincidencia relacional. La moral que piensa Jullien (2016b, p. 102) no es una moral basada en una naturaleza humana fija ni en normas exógenas, sino que brota de la expansión del sujeto emancipado gracias al encuentro: “Ya no es el mérito atribuido a ‘mi’ acción lo que está al comienzo de la moral (el que sea culpable o bienhechor), sino la cualidad de la relación entablada”. Desde que ha acontecido el encuentro, la ex-sistencia se ha puesto en tensión para promover la ex-sistencia del otro (Jullien, 2018a, p. 182-183). Lo anterior va en la misma dirección que la enseñanza cristiana que sostiene que la caridad es la ley en su plenitud (Rom 13, 10) o que del amor a Dios y al prójimo, es decir, del encuentro y la alianza, depende toda la ley y los profetas (Mt 22, 37-40).

El encuentro es imposible cuando una vida tan coincidente y consciente de sus límites impide la alteración que un otro fuera de sus márgenes conocidos pueda provocarle. Aunque también es imposible cuando la relación se transforma en una fusión que borra los límites entre uno y otro, ya que sólo hay encuentro cuando hay distinción, no cuando el otro es asimilado al ‘yo’ o cuando este ‘yo’ es anulado por el otro (Jullien, 2018a, p. 204; Amoroso, 2022, p. 70). En el encuentro, al mismo tiempo que se produce un ‘entre’, el otro mantiene su distancia (écart), su distinción, y su potencial de novedad y ruptura (Jullien, 2017a, p. 51; 2018a, p. 176): “Al abandonar sus proyectos sobre el Otro es cuando se progresa: cuando se lo ‘encuentra’, vale decir, cuando llega a nosotros lo que no se esperaba o, más bien, lo que no se sabía que se esperaba” (Jullien, 2013a, p. 131).

Es el cristianismo, según Jullien (2017a, p. 49), quien ha hecho entrar en el pensamiento occidental la posibilidad de pensar el encuentro como catalizador de la existencia. Efectivamente, el Dios cristiano ya no es intuido por el individuo sólo por medio de una búsqueda de lo infinito, lo inefable, aquello que trasciende el espacio y la historia. Tampoco es contemplado teóricamente como una causa primera a la que sólo pueden acceder sabios o iluminados. El Dios cristiano se ha hecho un hombre entre los hombres para encontrarse con ellos y, en medio de la intimidad generada, promover el cambio de sus vidas, su des-coincidencia con la vida de pecado, y la renovación de sus esperanzas (cf. Jullien 2017c; 2018; 2020; Dumas, 2021, p. 124). No es un Dios sólo para sabios ni para algunos escogidos ni un Dios misterio, sino un Dios que se ha encarnado como hombre para reiniciar el encuentro una y otra vez: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Es tan posible el encuentro con Dios hecho hombre que incluso se lo puede rechazar, cuando no se desea salir de la identidad conocida y satisfecha (Jullien, 2018a, p. 201). El ser absoluto de Dios, en el cristianismo, se ha tornado un ‘Tú’, un rostro con el cual compartir la vida y producir una intimidad.

Y si el pensamiento ya no es ahí un pensamiento del Ser, sino un pensamiento del Otro, es que el Otro se coloca en un ‘Tú’ frente al cual el sujeto humano, en calidad de ‘yo’, abriéndose a él, se constituye (Jullien, 2017a, p. 46).

 

Cristo no hace a lo largo de su vida más que encontrar, convocar al otro para existir promoviéndolo como sujeto (Jullien, 2018b, p. 193; 2017a, p. 46; 2018a, p. 172-173). La estructura de este encuentro es ‘acontecimental’ y produce una ruptura con el continuum del mundo, en cuanto es un exceso que lo desborda: el otro surge y abre un horizonte nuevo e inagotable (Jullien, 2018b, p. 196).

Lo que dice tan intensamente Juan es que hace falta que me mantenga fuera del mundo, que me sustraiga de la clausura de sus individuaciones, así como de sus identificaciones, pues ambas van a la par, para que pueda habitar el Otro en mí mismo, en mi ipseidad. O bien, para decirlo recíprocamente, hace falta que yo esté fuera del mundo para poder estar en el otro, y habitar su ipseidad. ‘Ser’ en el otro, ‘morar’ en él, es en efecto el gran tema de Juan (Jullien, 2021a, p. 87-88).

 

Como se ha dicho correctamente, no se comienza a ser cristiano por haber tenido una gran idea o por poseer alguna sabiduría o don especial, sino por haberse encontrado con una persona (Benedicto XVI, 2005, 1). Esa persona es Cristo que, por medio de sus amigos, de aquellos con quienes ha co-instituido el ‘entre’ de la intimidad, puede encontrarse con todos a través de una cadena inagotable de testigos. Este encuentro no se produce sólo en el corazón, sino en el aquí y ahora de la historia y que, precisamente por eso, promueve la renovación de esa historia. Si bien se promete la vida eterna en el Reino futuro, esa promesa no tendría ningún sentido si ese Reino no comenzara en alguna medida aquí, en la carne y en el tiempo: “En el aquí y en el ahora se encuentra al totalmente Otro, o Dios hecho hombre: ¿acaso ‘anunciaría’ el cristianismo otra cosa?” (Jullien, 2018a, p. 199). En este sentido, el cristianismo más que una religión es propiamente un encuentro, una amistad, una alianza, un ‘entre’, que debe siempre actualizarse de inicios en inicios (Jullien, 2017a, p. 50; 2018a, p. 204): “En lugar de dejarse atar, no deja de llegar: en lo que no deja de ser un e-vento en su surgimiento” (Jullien, 2017a, p. 49-50). La exterioridad infinita de Dios, al encarnarse y ser uno entre nosotros, puede abrir una subjetividad que también es infinita (si près, tout autre):

Cristo está tan cerca de los hombres, que vive entre ellos, que tiene sed y come como ellos, que se indigna y sufre como ellos, es al mismo tiempo tanto más otro en la medida en que no se percibe en él ninguna frontera marcada respecto de los otros (Jullien, 2018a, p. 210-211).

 

La humanidad de Dios le ha mostrado al ser humano su verdadera humanidad, es decir, este otro es quien ha hecho comprender realmente la originalidad de esta existencia, su carne, su tiempo, su esperanza: “porque se constituyó ese Tú descubierto en mí (‘Dios’), puede desplegarse una subjetividad del yo, que desborda ese ‘yo’” (Jullien, 2013a, p. 79-80). Dios, siendo lo más distinto, con la encarnación se torna lo más cercano. La relación con los seres humanos conserva esta distancia dentro de su intimidad.

 

4 El acontecimiento de una verdadera vida

La des-coincidencia que ha suscitado el encuentro hace avanzar al sujeto hacia lo que Jullien ha denominado una segunda vida. El encuentro, en este sentido, no es de este mundo, en cuanto altera la repetición del mundo coincidente y abre otras posibilidades de existencia. Esta segunda vida no consiste en acceder a un plano más alto de esencias, ni en intuir un ‘más allá’ divino, ni en recuperar una condición perdida, ni en adquirir un conocimiento esotérico: “Esa segunda vida no puede ser más que esta vida” (Jullien, 2017c, p. 15). Jullien entiende la segunda vida como un ensanchamiento de las posibilidades de la existencia gracias a la des-coincidencia con un estado de cosas asegurado y detenido. El filósofo encuentra una primigenia comprensión de la nueva vida en el cristianismo, por ejemplo, en aquella afirmación de Jesús sobre que su Reino no es de este mundo y en todas sus exhortaciones a la conversión y a cambiar la dirección del pensamiento. Cristo no reivindica otro mundo, según Jullien (2018b, p. 182), sino que abre en este mundo otra dimensión, la dimensión abierta por el encuentro con otro. Si Cristo entrega su vida ya no es, o ya no solamente, para sacrificarse por el bien de otros, sino para retomarla y dejarla, para des-coincidir con ella, para que la nueva vida sea posible, para que se genere su recomienzo: “Y tal fue en verdad el gran mérito del cristianismo, que en efecto ‘anunció’ que la vida podía cambiar radicalmente (e incluso la muerte ser vencida), no más adelante […] sino aquí y ahora” (Jullien, 2018b, p. 242).

Esta posibilidad de tener una segunda vida, de que acontezca, gracias a la des-coincidencia, una ampliación de la libertad y de la conciencia, es lo que revive y mantiene el deseo de seguir viviendo (Jullien, 2017c, p. 29). Por ello, no podríamos soportar la eternidad, si entendemos esta, como a veces se ha hecho, como una dicha detenida y sin acontecimientos. Todas las descripciones del paraíso que se han intentado, al desear abstraerlo del tiempo y de la contingencia, han concluido en descripciones pobres e insípidas de una felicidad asegurada, pero donde ya nada podría suceder (Jullien, 2018b, p. 105).

Según el filósofo (Jullien, 2020, p. 157), esta segunda vida no consiste en un contenido específico, en un consejo moral definido ni en la descripción de un ideal de vida bienaventurada: “La ‘verdadera vida’ sólo se define negativamente, por resistencia a la no vida”. Por lo tanto, Jullien detalla, más bien, un procedimiento o un método para mantenerse constantemente fuera de cualquier estado ‘esencializado’ gracias a la des-coincidencia (Jullien, 2018c, p. 58; Roca, 2012, p. 166). Las categorías de segunda vida, nueva vida o vida verdadera en Jullien no son categorías morales, sino, principalmente, estratégicas, es decir, motivadas por el interés existencial por el acrecentamiento de las posibilidades de la libertad y no por un ideal exógeno de vida buena y sabia (cf. Jullien, 2020, p. 159).

También ve ratificado Jullien estos conceptos en el pensamiento hebreo de Cristo: “El que ama su vida (psyché) la pierde; y el que aborrece su vida (psyché) en este mundo, la conservará para la vida (zoé) eterna” (Jn 12,25). El que no des-coincide por apego y fijación a un estado de cosas sin riesgo ni novedad (simple mantención vital básica y reiterada: psyché) pierde su vida en cuanto ya no genera verdaderamente con otro una historia inédita en el presente que exceda la medida de su experiencia anterior, es decir, no produce una sobre-abundancia de existencia (zoé). La existencia es, en síntesis, este proceso para desaprender los supuestos conocidos de la trayectoria vital en la que nos hemos empantanado (Jullien, 2020, p. 154; Jullien, 2007, p. 49). 

Semejante promoción de la vida no será la de una vida intensiva, tal como la celebró nuestra modernidad en la estela del romanticismo por un despliegue de lo vital; sino más bien de lo que podríamos llamar por contraste la vida expansiva, en la medida en que se brinda y se comparte, no se guarda para sí, sino que se consagra al Otro, lo que se torna a partir de allí, en Juan, la figura de Jesús vivo muriendo sobre la Cruz por la vida de los otros (Jullien, 2021a, p. 55).

 

El mismo coeficiente de des-adherencia es el coeficiente de autonomía: la libertad no es una facultad ya instalada, sino que es proporcional al trabajo de des-aprender los senderos vitales endurecidos para ampliarlos constantemente. Hasta puede decirse que la vida no es sino este proceso de des-fijación y des-aprendizaje de todas las ideas y hábitos que nos han instalado en nuestro pensamiento desde niños (Jullien, 2018b, p. 31). Generalmente, se ha pensado la verdad como la adecuación de la inteligencia al ser de las cosas, en este caso, la adecuación a un estado de cosas coincidente e idéntico. Sin embargo, el filósofo francés propone comprender la verdad precisamente como este proceso de ampliación de la conciencia gracias a la misma ampliación de mis posibilidades de libertad por medio de la des-coincidencia. Por ello, Cristo puede decir que la verdad, en cuanto proceso de des-coincidencia, hace libres (Jn 8, 31).

Por la misma razón, las verdades existenciales no son demostradas sólo teóricamente, sino que deben ser ‘decantadas’ experiencialmente (Jullien, 2017c, p. 32). No basta con la lucidez acerca de la nueva vida a la que se aspira, esto sería aún un nivel confuso y limitado de la verdad (Jullien, 2012, p. 156). Esta verdad se queda sólo como una idea brillante y una visión exterior-extranjera, pero que no llega a ser más que un adorno intelectual (Jullien, 2020, p. 58). No hay verdad sobre la vida sin ex - sistencia, sin el proceso hacia una nueva vida.  Mientras el saber del ser se jacta de ser desinteresado, el saber existencial -su proceso de verdad y vida nueva- es lo que más interesa al sujeto, es lo más interesante e interesado en la medida en que está en juego en ello la apertura de todas sus posibilidades vitales (Jullien, 2018b, p. 239).

Esta concepción de la verdad también la encuentra refrendada Jullien en el pensamiento de Cristo, principalmente, en aquella recomendación de Jesús sobre la primacía de “El que obra la verdad” (Jn 3, 21). No es que la verdad se vuelva subjetiva, sino que es ‘subjetivada’: situada bajo la condición del sujeto (Jullien, 2018c, p. 90). La verdad no es aquel proceso para adecuarse simplemente a un dato trascendente. La verdad se hace, se practica, la verdad libera del pecado que Jullien (2018c, p. 91) traduce como liberación de la antigua vida adherida a sus patrones inmovilizados: “La verdad ya no remite a un contenido: esta es la verdad; sino que existe un sujeto que la constituye. A través del estatus de Cristo, la verdad se ha vuelto obra del sujeto” (Jullien, 2021a, p. 70). Jullien considera que el cristianismo no piensa en términos de ser, sino de existencia y acontecimiento: “Yo soy la verdad y la vida” (Jn 14, 6) podría entenderse como que en el encuentro con Cristo nadie queda enclaustrado en una esencia o estado, todos se promueven a una segunda vida y a un pensamiento más amplio (nous Cristou, 1 Col 2, 16); “Yo soy el camino” (Jn 14, 6) significa que el encuentro con Jesús es el camino-método para des-coincidir de toda vida detenida y endurecida. “‘Vida’ y ‘verdad’ en adelante significan lo mismo, cuando decimos ‘verdadera vida’” (Jullien, 2020, p. 37). Jesús piensa en acontecimientos más que en el ser, pero todo acontecimiento es el de la existencia de un sujeto (Jullien, 2020, p. 22): “Es un ‘yo’ en su ipseidad quien ‘es’ el ser: ‘yo soy’” (Jullien, 2021a, p. 76). Por lo mismo, su forma de verificación es la evidencia del testimonio de una nueva vida: “Porque atestiguar supone que esa verdad no puede existir sin mi testimonio. Sin mí, no sería” (Jullien, 2021a, p. 80). La verdad del acontecimiento no se comprueba impersonalmente, sino que un sujeto da testimonio universalmente de lo que ha ocurrido, como lo han hecho los santos y los mártires. Creer en un acontecimiento, en lo inaudito de la existencia de Cristo, por ejemplo, no es creer algo (impersonal y neutral), sino creer en alguien que lo atestigua en su propia existencia (Jullien, 2018c, p. 100). El acontecimiento de Cristo en la historia conservará su verdad existencial mientras existan testigos (martyrein) que lo hagan acontecer en el presente (Jullien, 2018c, p. 103). La catolicidad de la asamblea o comunión de los testigos se manifestará en la vocación de universalidad del acontecimiento que anuncian. Todos pueden unirse a la comunión de testigos (“ya no hay judío ni griego, ni libre ni esclavo, ni hombre ni mujer”: Gal 3, 28) en la medida de su disponibilidad a verificar esta verdad, ‘hacer la verdad’, en el acontecimiento de su propio cambio de vida por medio del encuentro con Cristo (Jullien, 2008, p. 85-98).

El surgimiento de una nueva vida es lo que Jullien denomina, finalmente, un acontecimiento (événement). El acontecimiento es un presente que inicia con novedad dentro de una vida y generado en relación con otro, de una manera imprevista e impredecible (Jullien, 2018b, p. 75). Por lo mismo, es posible encontrar antecedentes del acontecimiento, pero no causas, en el sentido de causas que producen mecánicamente efectos predecibles (Jullien, 2018c, p. 45). El acontecimiento no es un efecto de una causa natural, sino un presente nuevo constituido por los sujetos que se encuentran. El acontecimiento de esta nueva vida es generado por el sujeto, en la oportunidad del encuentro con otro, pero siempre mantiene su carácter inédito, inesperado y rupturista. El advenir del acontecimiento abre un porvenir que ya no está contenido en aquello que le precedió: “El que está en Cristo es una criatura nueva; desapareció lo antiguo, mirad, ya es nuevo” (2 Cor 5, 17). El acontecimiento no es semejante al devenir explicado por la filosofía griega ni al posible lógico que se encuentra entre lo verdadero y lo falso. Tampoco consiste en lo posible ontológico, que se halla entre el ser y el no ser (lo potencial descubierto por Aristóteles). Jullien (2018c, p. 49-50) entiende el acontecimiento como lo posible existencial, es decir, des-intalarse de la vida acostumbrada.

Para el filósofo francés es el cristianismo el que inaugura la posibilidad de pensar el acontecimiento. De hecho, como se ha dicho, se inicia a ser cristiano por el encuentro con Cristo, por un acontecimiento y no por ideas excepcionales o intuiciones místicas. El cristianismo, en este sentido, no es un esfuerzo por trascender la historia o la carne, sino un deseo de asumirlas, porque en ella Dios se ha mostrado y lo sigue haciendo por medio de sus amigos. Por medio del encuentro en el presente con la humanidad de Cristo el hombre es reconducido a una verdadera vida (cf. Tomas De Aquino, S. Th. III, q.9, a.2). La verdad cristiana no procede de una gran adecuación al ser, sino de un hecho. Este es el importante recurso de pensamiento que Jullien (2021a, p. 39-40) encuentra en el evangelio de Juan:

La decisión de Juan consistió en pensar que existe así un advenir que abre un porvenir que ya no está contenido en aquello que lo precedió: ya no está ligado y encadenado. Lo inédito es posible. Cada mañana puede ser una nueva mañana del mundo que se despega de la noche pasada. Es decir que existe un puro acontecer o, dicho de otro modo, un absoluto del acontecimiento que entonces ya no tiene nada que ver con el devenir de la metafísica griega, que, por su parte, por una falta de ser, ya no podía ser más que repetición de lo mismo o generación estéril […] Cristo es aquel que abre en el Ser la vía del acontecer. Es decir que Juan sustituye de entrada el estatuto ontológico que entre los griegos condenaba el devenir en nombre del Ser, y lo volvía incapaz de un advenimiento, por otro estatuto posible, un estatuto crístico, así como inserta el devenir en el seno del Ser y lo pone en condiciones de innovar.

 

Jullien se apoya en el pensamiento chino para desarrollar aún más su concepción del acontecimiento. De hecho, también en sus últimos escritos (2018b; 2009), intenta conciliar la noción de acontecimiento con la de ‘transformaciones silenciosas’. Todo esto con el objetivo de entender el acontecimiento no como una ruptura estrepitosa y espectacular, sino como el fruto de cambios graduales, paulatinos e imperceptibles (Jullien, 2018b, p. 124; 2009, p. 174). Las grandes revoluciones sonoras no son más que el quiebre excéntrico y la consecuencia de un proceso de transformaciones silenciosas que venía madurando desde tiempo atrás (Jullien, 2012, p. 149). Por ello, bajo la influencia del pensamiento chino, va a extender su concepción de ‘transformaciones silenciosas’ a toda la realidad: todo se mueve en un proceso de cambio constante y la labor del sabio es no estancarse y fluir con el mismo fluir del cielo y la tierra. El conocido ‘principio de contradicción’ de la filosofía occidental no podría concebir que algo sea cálido y frío a la vez y en el mismo sentido, sin embargo, dice Jullien (2009, p. 44), esta es la única manera de comprender un hecho como la nieve fundiéndose ¿Es cálida? ¿Es fría? O el hecho de que todos seamos jóvenes, en cuanto poseedores de vitalidad, pero, al mismo tiempo, viejos ya, en la medida en que sufrimos el progresivo retroceso de nuestra fuerza vital (Jullien, 2009, p. 70-71). En este sentido, Jullien (2018b, p. 56) comienza a comprender el proceso de la ex-istencia en cuanto inmerso dentro del gran proceso del mundo. Incluso llega a afirmar que el acontecimiento de una alegría es de la misma ‘fenomenalidad’ que el rocío o el surgimiento del vapor (2018b, p. 124).

Esta es la razón por la que Jullien considera que el cristianismo no ha podido entrar realmente en China: el cristianismo se origina en un evento que rompe súbitamente la historia en dos, y establece en un punto preciso un hecho inédito -el nacimiento en Belén- que cambia todo de ahí en adelante (Jullien, 2009, p. 159). Esto es muy difícil de entender para la sabiduría china, ya que para ella todos los cambios se circunscriben en un gran proceso lento y sin rupturas ostentosas que involucra a toda la realidad, desde la tristeza del emperador hasta la caída de un árbol en el bosque. Sin embargo, consideramos que, aunque el acontecimiento que inicia el cristianismo es una ruptura y una novedad imprevista, en cuanto Dios se ha hecho hombre, esto no contradice la evidencia de que también fue un acontecer anunciado y preparado por transformaciones paulatinas. Varios profetas anunciaron al Mesías y prepararon al pueblo para que se convirtiera, pero nadie sabía cómo vendría y viviría exactamente. El proceso de transformaciones silenciosas no es contradictorio con el carácter inédito y des-coincidente del acontecimiento que es su culminación.

Jullien (2009, p. 160) advierte correctamente que el carácter vistoso del acontecimiento nos puede hacer perder de vista la transformación silenciosa que lo precede. Sin embargo, cuando Jullien (2009, p. 155-156) aminora el carácter inédito y rupturista del acontecimiento, hundiéndolo en un proceso cósmico de transformaciones sigilosas, termina ‘naturalizándolo’ y difuminando el rasgo de novedad e historicidad de la existencia humana.  Jullien concluye pensando la historia y la existencia dentro de un proceso natural, es decir, finalmente, va despersonalizando los acontecimientos al igualarlos a hechos naturales no-históricos como el romper de las olas en la playa. Los acontecimientos son subsumidos y sumisos al flujo de esta naturaleza universal que transforma todo silenciosamente, respecto de la cual el acontecimiento de la existencia implica un momento más, pero, sobre todo, no es pensado como un acto generado con novedad desde una historia personal que pueda sobresalir y diferenciarse de un flujo meramente natural. La existencia nuevamente pareciera rendirse ante la naturaleza y la esencia. Jullien llega a una concepción similar a la que criticó a los griegos, en cuanto estos, por su noción de devenir sumiso al ser coincidente, nunca llegaron a pensar el carácter inédito de la existencia. Antes había planteado que existir es equivalente al encuentro y a la des - coincidencia, es decir, que hay existencia en cuanto se produce un acontecimiento: el advenir de un presente nuevo generado en una alianza. Sus planteamientos sugieren, al intentar hacer coincidir a China y el acontecimiento crístico, sin embargo, que esa existencia no es tan diferente al proceso de transformación que vive la naturaleza en su paso del invierno a la primavera (Jullien, 2018b, p. 158). No obstante, podríamos decir, que si todo es existencia, ya nada es existencia (Jullien, 2018b, p. 157). Esto debilita y contradice todos los descubrimientos que había hecho respecto a poder, finalmente, pensar filosóficamente la existencia. Si bien criticó a la filosofía del ser de no poder entender la existencia sino como una esencia (Jullien, 2018c, p. 47), él mismo debilita sus logros por entender la singularidad de la existencia al transformarla en un proceso impersonal y trans-histórico que la iguala a todos los hechos del cosmos.

 

Conclusión

Después de su rodeo por China, el cual no sería posible detallar del todo en este trabajo, es decir, después de su trabajo de mirar las constantes de la tradición filosófica occidental desde la distancia (écart) de aquellas lejanas lengua y sabiduría orientales, Jullien ha descubierto una veta muy novedosa para volver a leer a los griegos y a todo el pensamiento que ha nacido desde esa fuente. Sin embargo, una vez revisada su obra, podemos afirmar que, sobre todo, lo que ha descubierto son las riquezas metafísicas aún no exploradas del pensamiento que vivifica la fe cristiana, manifiestas de sobremanera en sus últimas obras. A partir de una lectura, podríamos decir, exclusivamente laica, sans y entrer par la foi, el filósofo ha sabido hallar, con una mirada atenta, los fecundos recursos de pensamiento de algunas nociones y experiencias que son ya patrimonio milenario del cristianismo, tales como encuentro, intimidad, nueva vida, acontecimiento, ‘verdad subjetivada’, universalismo-catolicidad, entre otros. Prueba de ello es que en gran parte de estas obras en que expresa su pensamiento más original invoca la doctrina cristiana como un antecedente importante (Jullien, 2017a, p. 47; 2013a, p. 33; 2017b, p. 43; 2018a, p. 199; 2018b, p. 242; 2008, p. 85). Sin dificultad podría encontrarse para cada uno de sus conceptos filosóficos más destacados un pasaje del evangelio que lo refrenda y lo subraya. No obstante, lo dicho no implica en ningún caso sostener que Jullien es un cripto-cristiano o algo similar. Más bien, y lo que responde a nuestra pregunta de investigación, su trabajo de distancia y rodeo por China le ha permitido al filósofo no sólo descubrir la coincidencia en la cual la filosofía se ha encerrado al no salir del sendero iniciado en Grecia, la filosofía del ser; sino que le ha permitido comprender que el cristianismo contiene los recursos de pensamiento para des-coincidir con ese sendero ya agotado y sin posibilidades de acontecimiento de vida verdadera. Es poco decir que hay influencia de los recursos cristianos en su filosofía, ya que, más bien, Jullien ha descubierto la fuerza des-coincidente que ha madurado como forma de vida al interior de la comunión cristiana y la ha utilizado para forjar sus propias propuestas filosóficas. Esto último enriquece y precisa nuestra hipótesis inicial. Por esta misma razón, Jullien se sorprende de que la así llamada filosofía cristiana no haya elaborado suficientemente esos recursos y que haya permanecido tan atada a los presupuestos griegos (2018c, p. 9; cf. Mathot, 2018, p. 114). Desde la ‘distancia’ de la orilla china, el pensamiento occidental se evidencia agotado en su insistencia sobre el ser, pero con un yacimiento riquísimo de doctrina cristiana sin sondear, al menos desde la filosofía. Él mismo ha comenzado a explotar esos recursos y su filosofía es una muestra de qué frutos surgen al cultivar y multiplicar, en ningún caso al repetir, la herencia de pensamiento que ha habitado por dos mil años en la fe cristiana. En este punto, Jullien se suma a otros autores contemporáneos que han hecho un similar trabajo sobre esta herencia, aunque con resultados bien diversos entre sí (Henry, 2018; Badiou, 1999; Nancy, 2008; Agamben, 2011).

Cuando China deja de ser para Jullien una orilla distinta desde la cual observar a Occidente y pasa a ser parte del contenido mismo de su propuesta, el filósofo tiende a oscurecer e incluso a contradecir algunos elementos de su filosofía, como se ha indicado más arriba. En efecto, el gran acierto de método de Jullien es haber podido leer la herencia filosófica desde la ‘distancia’ (écart), en contraste y tensión, de los pensadores chinos y su lenguaje. Sin embargo, en ocasiones, China deja de ser un recurso metodológico y pasa a ser el contenido mismo de su filosofía, o, en sus términos, deja de ser ‘recurso’ y pasa a ser ‘riqueza’ (Jullien, 2018c, p. 27). Cuando ha sucedido esto desdibuja y quita fuerza a algunos de sus conceptos más importantes. Por ejemplo, como hemos mostrado, cuando contradice su propia noción de acontecimiento haciendo de toda la naturaleza un acontecimiento cósmico (cf. Lash, 2022, p. 14). Con esto le quita, de paso, imputabilidad al sujeto sobre su historia, al hacer de esta un fenómeno decantado a partir de imperceptibles e inasibles ‘transformaciones silenciosas’ (Jullien, 2009). En estos pasajes explica en términos físicos-naturales un acontecimiento histórico, que era lo que había criticado a los griegos, y que era lo que había intentado superar en estas últimas obras, entre otras cosas, por medio del cultivo del recurso cristiano (Jullien, 2018c, p. 39). En síntesis, Jullien, llevado por la exigencia de no repetir las constantes coincidentes del pensamiento filosófico, busca a veces apresuradamente su originalidad replicando algunos elementos inusitados de la cosmovisión de la lejana China. No obstante, esto es escapar de la coincidencia occidental para caer en la coincidencia china (Sanchez-Carretero, 2022, p. 306). Esto nos lleva a reafirmar que, en sus últimas obras, donde expresa también sus propuestas más distintivas, el recurso cristiano es utilizado constantemente, aunque tampoco es un horizonte cultural al cual está sumiso. Sin embargo, hay notorias dificultades para conciliar su trabajo sobre este recurso con el pensamiento chino del cual es amplio conocedor y cuya influencia es evidente no sólo al final sino a lo largo de toda su obra. Podemos concluir que estas contradicciones se deben a la mencionada confusión entre su propio método filosófico, el écart, y el contenido mismo de su filosofía, fruto de la labor de reflexión sobre múltiples recursos, entre ellos, principalmente, el pensamiento de la fe cristiana. En este sentido, mantendríamos la afirmación sobre la importancia y centralidad de este recurso en las investigaciones de la última filosofía del francés, no obstante, habría que decir que no ha podido cuidar suficientemente estos descubrimientos de las críticas y contradicciones que surgen de su misma obra. Cuando Jullien no sigue su propio método, termina siendo incoherente con sus propios contenidos filosóficos. Sin embargo, su mayor novedad y madurez filosófica se encuentra cuando, con ayuda de la distancia de la lejana sabiduría china, cultiva y trabaja sobre su cercana herencia europea.

 

The event of a true life: the philosophy of François Jullien and the Christian resource

Abstract: The thought of François Jullien has made valuable contributions to contemporary philosophy, primarily by enriching the interpretation of certain classic themes through the uniqueness of ancient Chinese wisdom. This approach has revealed aspects that Western philosophy, with its metaphysics focused on being, has overlooked. Among these aspects, Jullien has drawn attention to how a series of resources of what could be called 'Christian thought' have remained unthought-of, at least from a philosophical perspective. The central question of this research is whether this Christian logic represents just another resource, among several, that Jullien has utilized in his intellectual work, or if it also constitutes one of the fundamental sources of his own work and the beginnings of possible de-coincidence from the philosophy of being. The conclusions indicate a notable and indispensable presence of these Christian notions in his argumentative proposal, albeit without resorting to faith. This study will begin by reviewing the main theses of the French philosopher and, at the same time, will describe how he has been relating and discussing them with Christian doctrine.

 

Keywords: Jullien. Christianity. Resource. Encounter. Event.

 

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Recibido: 18/08/2023 – Aprobado: 19/10/2023 – Publicado: 27/02/2024



[1] Doctor en Filosofía, Universidad Católica de la Santísima Concepción, Concepción – Chile. ORCID: https://orcid.org/0000-0003-2462-8436. Correo electrónico: dsolis@ucsc.cl.

[2] Aunque H. Arendt encuentra los orígenes de la filosofía de la existencia ya en Schelling (1968, p. 48); cf. (Peña Arroyave, 2016).

[3] Jullien es explícito en reconocer el aporte argumental de Hegel al haber sacado provecho filosófico de la “desunión de uno mismo consigo mismo”, sin embargo, considera, al mismo tiempo, que no hay en su obra todavía una real des-coincidencia, en cuanto esta “no tiene fin (ni meta ni término) y no podría contar con la seguridad de una ‘superación’” (Jullien, 2017b, p. 78-80)

[4] Es necesario indicar que la noción de des-coincidencia también es rastreada por Jullien en el pensamiento chino y la encuentra en nociones como el tao, en cuanto camino, no-fijación, viabilidad, proceso (Cf. 2005, p. 28; 2012, p. 125). Sin embargo, creemos que la cercanía de su pensamiento con el recurso cristiano es aún mayor, como intentamos mostrar en este artículo, en la medida en que esa des-coincidencia no surge sólo de un gran proceso cósmico, sino de un encuentro con otro que hace acontecer hacia una vida nueva, más acorde con el resto de los conceptos fundamentales del filósofo (Cf. 2017c; 2018a).